La otra mejilla

Muchas veces decimos a los niños que tienen que ser buenos con los demás. Y les educamos en esto. Esta forma de enseñar a nuestros hijos tiene, probablemente, la finalidad de que no haya (o al menos, se reduzca) el ambiente tenso y violento que, en ocasiones, se genera en los centros escolares. Está muy bien, y de hecho es muy positivo, enseñar a los niños que la violencia está mal. Que es deleznable. Sin embargo, es rara la ocasión en que de esto se derivan buenos consejos sobre la forma más adecuada de resolver los conflictos entre ellos. Muchas veces, al que viene diciendo «profe, Fulanito me ha dicho/hecho tal», profesor de turno le responde «tú pasa de él, ya verás como se cansa». Y, como eгa de esperar, Menganito sigue. Día tras día, semana, tras semana… y el niño ya no, sabe qué hacer: no le puede pegar porque está mal, pero los que tienen en su mano que deje de molestarle, tampoco hacen nada para remediarlo, al contrario… ven como el acosador «se va de rositas» y es a él al que le amonestan (y digo amonestan en el sentido de que es al que le dan la charla sobre lo que tiene que hacer para evitar que el otro los acose).

Así que, tras unas más que discutibles buenas prácticas educativas», el colegio se convierte en una jungla: sobrevive el más fuerte. Parece que, a día de hoy, están cambiando las perspectivas por parte del profesorado, y se están concienciando de la problemática tan grave que es el acoso escolar. Bravo por ellos. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer. No podemos revictimizar al acosado, diciéndoles a los padres que tienen que sacar al niño del colegio. Un niño que tiene en su clase a sus amigos, sus profesores, su zona de confianza… ¿por qué hay que castigar de esa manera al acosado en vez de apoyaría? Estamos equivocados si creemos que «pasar es la solución».

Se trata de confrontar los problemas: al acosador hay que castigarlo, educarlo en valores, que vea las consecuencias de sus acciones y se haga consciente de las mismas. Por su parte, al acosado hay enseñarle que no es menos que nadie, que él se está portando de manera cívica pero no debe dejarse pisotear. En definitiva… ¿qué es preferible, darle un pescado a un hambriento o enseñarle a pescar?

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